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2006/01/10

Vísceras para rato


Siendo benevolentes con el concepto de “Cultura”, y desde el modelo de industria cultural que algunos visionarios lograron imponer en el negocio del entretenimiento –estoy pensando, por ejemplo, en Walt Disney, verdadero creador de una factoría cultural cimentada sobre un imaginario absoluto-, no queda más remedio que admitir la contribución de Telecinco a la industria cultural televisiva de nuestro país. Porque, querámoslo o no, ninguna televisión española ha alcanzado un grado tan notable de sofisticación y refinamiento en la transformación de su oferta televisiva en iconografía de librecambio. Hasta que Telecinco impuso su fórmula, en España sabíamos que la Televisión fabricaba mitos, pero desconocíamos que esos mitos podían, debidamente sometidos a intervenciones infinitas de liftings de imagen, apareamientos transgénicos y toda clase de aberraciones catódicas, sostener por sí mismos una parrilla, en un ejercicio de reinvención permanente. Telecinco ha amamantado y criado a criaturas que, si ayer se comportaban como torpes monstruos, bestias malparidas, hoy engullen a sus creadores. Todos siguen siendo freakies, badarras de tercera, groseros sin mota de cordura y sin pizca de talento, pero la fama del flash y el minuto de gloria les han hecho olvidar a Mary Shelley. En las recientes fiestas navideñas, dándome un paseo por las secciones de juguetería, he echado de menos algo de merchandising sobre los héroes de la parrilla de la Cinco. Esperaba encontrarme algún muñecote de Kiko, ese habitual de “A tu lado”, catedrático de la falta de educación y profesional del insulto indocumentado. O un pack de Judith, Judd y ese tercer andrógino cuyo nombre no recuerdo, que bien podrían haber hecho competencia en los escaparates a las discretas Bratz (si las primeras fueran capaces de mantenerse alguna vez en silencio). Gracias a esta galería de personajes de cera, Telecinco ha logrado imponer una oferta televisiva que, en algunos instantes, despunta en audiencia con programas infames como el ya mencionado “A Tu Lado”, “TNT” o “Salsa Rosa”. Es un negocio redondo al que, tristemente, hay que augurar una larga vida. En el laboratorio de Guadalix de la Sierra ya se moldean media docena de monstruos. Sus cuerpos, tostados por las imágenes, están despertando a una nueva vida televisiva. No hay que impacientarse: tendremos vísceras para rato.

3 comentarios:

Sufalito dijo...

Lo que faltaba era tener a estos personajes en las estanterías de juguetes - ¿que llevaría el muñeco de Pocholo en la mochila…?. Al principio, he de reconocer, resultaba curioso; la primera edición nos cogió de nuevos a ellos y a nosotros, la segunda ya no… y creo que van por la quinta o sexta, y con la Milá en cabeza del show - no quiero pensar que la Srta. Mercedes Milá crea que está conduciendo un genial programa con tintes de “ensayo sociológico”, y no el reality show pariente del Missisipi o Crónicas -.
Lo que no me explico es el cumplimiento de la lucha contra la telebasura por parte de los responsables de las cadenas.
Va a ser que esta lucha la tenemos que llevar a cabo desde la democrática opción del botón rojo del mando. Apaguemos la tele y que dejen de chupar del bote toda esta jauría de niñatos de papá, gominosos, putas reinsertadas y putas reafirmadas.

daniel ruiz dijo...

Desde luego, amigo Sufalito, la opción más saludable e inmediata es esa que comentas, apagar o cambiar de cadena, el problema viene cuando es imposible huir del producto, cuando, aunque apagues la televisión, tengas que tragártelo en la vía pública, en forma de cartel o valla o mupy, o en un hipermercado, en forma de muñeco (el merchandising de O.T. llegó y superó esos extremos), o incluso cuando penetra en el propio sistema educativo y perjudica o influye en la educación de los propios niños... A este límite aún no hemos llegado, pero dale tiempo: en EE.UU., ya hay firmas comerciales que patrocinan determinados programas educativos, y que aprovechan este patrocinio para difundir su propaganda entre los segmentos sociales menos críticos. Y como estamos abocados a imitar a EE.UU. en casi todo, al final acabaremos importando este tipo de fórmulas. Dios nos libre

kapirotero dijo...

Personalmente siempre he sido partidario del botón rojo. Tiempos hubo en que los "freaks" de Pepe Navarro me asaltaban desde los anuncios o las conversaciones de los compañeros de la Facultad, pero jamás vi aquellos programas, y no lo digo por pedante, sino porque es la pura verdad. Siempre ejercí una inflexible objeción de conciencia y no sabía de que personajes se hablaba y qué raros latiguillos repetían unos y otros.

No comparto, amigo Ruiz, la idea de que el producto asalte en todas partes y haga imposible escapar de él. Una ignorancia absoluta de todos los subproductos de la basura catódica hace imposible cualquier contaminación. Es decir, si no uno ve, por casualidad, a un ex concursante de no sé qué, y uno no ha visto tal concurso ni una sola vez ni ningún programa en que sea frecuente, el "encuentro" con el monstruito será inocuo.

Para los adultos con capacidad crítica está la opción de apagar la televisión y encenderla sólo cuando haya algo que valga la pena. Para los niños está la obligación de los padres de prohibir que vean determinadas cosas. Y para las capas menos críticas, ahí ya sí que no tengo medicina.

Saludos desde la tierra de Julio Romero de Torres, que no es tan hortera como usted piensa.