
Para muchos televidentes, las previsiones de Marvizón o Montesdeoca (que aún pulula por alguna autonómica) siguen siendo insustituibles, movidos sobre todo por la nostalgia (parece que siempre han estado ahí, al final del informativo) y en algunos casos por la terca convicción de que, al ser los más antiguos, también son los más infalibles. Pero frente a esta corriente clásica, y debido sobre todo a la evolución del formato de los informativos, comienzan a ganar presencia otras figuras que, además de aportar un criterio meteorológico solvente, ofrecen una imagen más fresca, desenvuelta y simpática. El paradigma de esta corriente lo representa el hombre del tiempo de Telecinco, Mario Picazo, quien no duda en plantarse bajo la nieve para dar su predicción, aparecer en una sitcom de la casa o hacer pinitos en galas de beneficencia. Con este nuevo modelo, al que van tendiendo otras cadenas (la Cuatro, con el incansable Florenci Rey, o Antena 3, con Roberto Brasero), se da por finiquitado el duelo dialéctico más tradicional de la “telemeteorología” española: el del meteorólogo clásico contra el bustoparlante sin cualificación (normalmente, de género femenino, y eso sí, con grandes cualidades físicas). La meteorología televisiva ha ganado la batalla de la regulación, pero nos encontramos en un estadio superior: el estadio, totalmente superado ya por la televisión norteamericana, del hombre del tiempo convertido en estrella catódica. En EE.UU., el reto ya es otro: desarrollar hombres del tiempo totalmente digitales; construir “telemeteorólogos” desde la nada, a modo de personajes de Pixar -proyectos como el de MeteoSam, el presentador digital de Cuatrosfera, van por ahí-. Aún estamos lejos de eso, pero todo se andará.
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