
Sin embargo, la experiencia de Halloway demuestra que los políticos no están bien vistos en televisión. Eso significa que, al menos, aún hay hueco para la esperanza: la ciudadanía todavía parece capaz de discernir entre algo serio como la Res Pública y la frivolidad del medio televisivo. Estamos dispuestos a digerir un debate político, pero nos mostramos inflexibles ante la concurrencia de un político a un programa de telerrealidad. Este matiz no es ninguna tontería: durante años, los expertos en marketing político han sobrevalorado la importancia de la televisión como herramienta de multiplicación de los mensajes políticos y como mecanismo de forjamiento del liderazgo. Sin ser mentira, la experiencia de Halloway confirma que la fama es algo distinto de la popularidad: se puede ser tremendamente famoso pero también tener una imagen nefasta. No basta, pues, con salir en televisión. Esto pone en tela de juicio muchas cosas, desde Vendetta de Alan Moore hasta Un Mundo Feliz de Huxley. Es un lugar común decir que la televisión es un medio idiotizante, pero al menos en Gran Bretaña los políticos han demostrado ser más idiotas que la audiencia.
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