
Cualquier persona informada conoce lo que significa MacDonald’s; sabe el flaco favor que le ha hecho a generaciones de ciudadanos sobre y mal alimentados; también conocen su modelo de negocio, sustentado, al igual que su comida, sobre la contratación basura. La generación de riqueza y empleo de esta multinacional es tan endeble y discutible como su contribución a la gastronomía mundial. En 2004, Morgan Spurlock nos demostró con aquel happening del colesterol llamado “Super size me” lo peligrosa que podía ser una alimentación fundamentada exclusivamente en la ingesta de comida McDonald’s; Werner y Weiss, en la primera edición de “El libro negro de las marcas”, señalaban a MacDonald’s como una de las tres empresas más “infames” de la economía mundial. Existen numerosas leyendas urbanas -esa expresión latente del subconsciente colectivo- en torno a la “experiencia MacDonald’s”. Probablemente la que tenga más predicamento sea aquella que aludía a una persona que encontró una pata de rata dentro de una hamburguesa. Particularmente, no concibo un personaje más siniestro e inquietante que el payaso de MacDonald’s, el tal Ronald MacDonald’s. Él es quien protagoniza el anuncio del cinturón, del que lo mejor que puede decirse es que consigue captar la atención: uno espera que en cualquier momento el payaso saque una hamburguesa o un cuchillo del bombacho.
Ignoro qué hay detrás de este anuncio. Qué cláusulas conforman el convenio de colaboración que habrán suscrito el Ministerio y la cadena norteamericana. Cuál es la contraprestación económica, a qué compromete a cada uno. De lo que sí estoy seguro es de la incredulidad que provoca en muchos espectadores. Hay empresas a las que la función social les funciona, pero en el caso de MacDonald’s no hay quien se lo crea. Y dentro de ese "quien" debería estar el propio Ministerio.
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