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2006/06/01

Muere Rocío Jurado, nace un monstruo

Hace tiempo que la televisión dio por superada aquella máxima del rock que aconsejaba vivir rápido, morir joven y dejar un bonito cadáver. La máxima de la televisión de ahora podría ser algo así como muérete para volver a la vida. Un fenómeno inaudito de nuestra televisión es que garantiza la resurrección de los fallecidos, de manera que, a partir de que mueren, es cuando inician una verdadera vida de plenitud catódica. Si la muerte, como han demostrado los grandes ídolos juveniles del rock o el cine (Lennon, Hendrix, Joplin, Morrison o Cobain en música; Marilyn, James Dean o Montgomery Clift en cine), se ha afianzado como un negocio muy rentable, en el caso de nuestra televisión la muerte constituye una fórmula infalible de acceso al lucro ilimitado. En plena efervescencia de los homenajes y reconocimientos póstumos a la figura de Rocío Jurado, resulta muy duro comprobar cómo, en realidad, a los medios les interesa la muerte, ya que un talento muerto siempre resulta más rentable y lucrativo que un talento vivo.

En esta sociedad aconfesional pero de tradición cultural cristiana, la muerte ha dejado de ser algo respetable. El “Requiescat In Pacem” de la liturgia fúnebre católica ha sucumbido definitivamente a favor de un olfato profanador siempre predispuesto al desenterramiento de tumbas, cuanto más respetables e intachables mejor. Si Encarna Sánchez fue conocida en vida, ahora lo es mucho más, gracias a la ponzoña que la prensa rosa, con el apoyo de personajillos de diversa calaña, ha ido arrojando sobre su tumba, hasta convertirla en alguien que está siempre presente en nuestras sobremesas o nuestras cenas, y a quien resulta difícil imaginar en el cementerio devorada por las larvas. Lola Flores está más viva ahora que hace veinte años, aunque su vida se ha vuelto despiadadamente miserable; sin que ella pueda ya defenderse, y sin que su familia encuentre fuerzas para hacerlo, sabemos que fue una adúltera, que no tenía escrúpulos, que llevaba una vida secreta. No hay folclórica que se precie en este país a la que no le hayan desenterrado un presunto adulterio, un robo o un gesto despiadado. La recientemente fallecida Rocío Dúrcal tampoco ha escapado a esta resurrección, de manera que ahora conocemos todos los detalles de sus dimes y diretes con el tal Juan Gabriel. Por no decir de escritores como Camilo José Cela, o de artistas como Antonio Gades... Todos forman parte de este panteón vivo en que se ha convertido nuestra televisión, y en el que el único denominador común es la malicia: como los vampiros que resurgen de los muertos, todos los redivivos se caracterizan porque ahora son peores que lo fueron cuando vivieron. Su vida antigua, soportada sobre el talento, la creatividad o el genio, se ha transformado en una vida nueva apuntalada sobre el dolor que causaron a sus allegados, por su cicatería, por su envidia, por su odio... No hay nada bueno que decir de ellos ahora. Lo que corrobora una de las máximas del periodismo: una mala noticia siempre es mejor noticia que una buena noticia. Rocío Jurado será eterna para muchos, revivirá en la memoria como una artista de talento, pero la televisión acaba de propiciar su renacimiento artificial. Los que la añoran y la quieren bien deberían quedarse con el recuerdo de lo que fue. La que acaba de nacer es simplemente un monstruo.

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