
Ahora su programa se llama “El Intermedio”. En él, Wyoming milita como diletante deslenguado. La diana de sus iras son los medios de comunicación. Se contiene, pero es una contención sólo aparente, ya que el refuerzo de las canas le ayuda a cabalgar a lomos de una sobriedad cínica en la que parece sentirse muy a gusto. No tiene que engañar a nadie: se sabe socialdemócrata, en ocasiones liberal, pero siempre, y ante todo, agudo en sus observaciones, predispuesto a la caricatura desacomplejada, a la burla argumentada y casi siempre irónica. La única crítica que puede hacérsele es, si acaso, esa: su tendencia “progre”. Que en realidad no es asumible como crítica, de igual modo que la filiación nazi no resta valor a la potencia visual de los documentales de Riefehnstal, ni la connivencia de Céline con el gobierno de Vichy logró mutilar nunca el pellizco de algunos párrafos de “Viaje al fin de la noche”. Dos casos que, de cualquier modo, no resultan comparables, ya que Wyoming, como Groucho Marx o Woody Allen, siempre ha mantenido su lucha en el terreno cordial y ácido de la palabra.
El programa recuerda a “Noche Hache”, a medio camino entre el magazín y el late night, pero es semanal y eso se nota: los chistes, aunque aparentemente improvisados, están muy labrados, de forma que es difícil no entregarse a la sonrisa. Además está Wyoming, que ejerce de perfecto maestro de ceremonias. Nada que ver con aquel Wyoming nervioso de “La Azotea”, que parecía no encontrar su sitio y que acabó cayendo por el balcón de la audiencia. Éste de ahora es el mejor de Caiga Quien Caiga (cuando ese programa era todavía CQC, y no el compendio de monigotadas y efectos de PlayStation en que se ha convertido ahora), el mismo de “El peor programa de la semana”, pero más cáustico y cínico si cabe. Está de vuelta, pero una vuelta que le sienta muy bien. Recomiendo a todos, sean del signo que sean, que dejen la ideología en casa y se sienten a ver este espectáculo. En medio de tanta bazofia, cosas como ésta lo reconcilian a uno con la tele.
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