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2006/01/18

Religión Catódica


Veía el otro día en el Diario de Patricia a una mujer llorando desconsoladamente. A su lado otra, con igual gesto de tristeza. Fuera del plató, pero pinchado desde control de vez en cuando, el marido de una y hermano de la otra miraba muy satisfecho a las dos mujeres de su vida. Al parecer, la hermana sentía unos celos terribles de su cuñada, y esto era una forma de que las dos, gracias al inmenso poder de la televisión, llegaran a un orgasmo catárquico que las liberase de tan pesada carga sentimental. Ambas agradecían la gran oportunidad y el gran valor que decir esto “delante de tanta gente” tenía; se trata de algo que puede cambiar sus vidas, solucionar muchos problemas de herencia entre hermanos, e incluso hacer que una persona soporte a su cuñado cuando viene a cenar sin avisar. Un rótulo luminoso apareció de pronto en mitad del plató, y podía leerse: NO TENGÁIS CELOS. OS QUIERO A LAS DOS. La pasión y la redención podían cortarse con un cuchillo en aquel plató, especialmente en el momento del sentido abrazo regado con mil besos.

La televisión puede hacer milagros si crees en ella, cosa que ni siquiera podemos decir del Todopoderoso. Como todos los sentimientos religiosos, este también provoca incredulidad, escepticismo e incluso sorna por parte de aquellos que no creen; los que, educados en unos valores ya caducos, no le otorgan al Gran Medio la importancia que tiene. Allá ellos. A mí me encantaría decirle a mi madre que la quiero, a mis exnovias que fueron algo importante en mi vida, a mis amigos que no tengo tiempo para llamarles pero que los llevo siempre en mi interior. Pero no creo en la televisión, así que tendré que conformarme con no solucionar bien ninguno de mis problemas vitales, ya que no cuento con tan sobrenatural ayuda extra. Llama la atención el papel de Patricia Gaztáñaga, que hace lo que cualquier cura de pueblo: escucha al vulgo, se abstiene de decir todo lo que piensa, y se gana la vida como puede; en este caso, mejor que un cura, todo hay que decirlo.

No sé si aquella mujer dejó de odiar a su cuñada, pero si realmente limaron sus asperezas e iniciaron una nueva etapa de felicidad junto al dividido hermano, tal vez haya que reconsiderar la postura que racionalmente te lleva a criticar sin piedad estos programas y a las personas que acuden a ellos cargados de fe. Al menos, prometo reirme un poco menos.

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